Brazos arriba.
“Music is the emotional life of most people.”
— Leonard Cohen
Todo comenzó con el cambio en el sistema operativo del entretenimiento a bordo del coche.
El upgrade al sistema de conexión inalámbrica te permite hacer solicitudes como: “Reproduce a Deftones en Tidal a un volumen lascivo”, “Reproduce a David Bowie en Tidal a volumen medio”, “Contesta el mensaje y dile que ok”, “Prende la secadora, saca la basura y riega las plantas”.
Todas las promesas que Los Supersónicos nos enseñaron a esperar.
El costo es un aumento importante en la temperatura del celular. Esto es nocivo para el procesador. O al menos eso me enseñó mi padre.
Lentamente, el teléfono me ha tratado de comunicar que quiere retirarse. Después de cuatro años, a veces el teclado se tarda en aparecer. Lo entiendo.
Estos sueños de juventud han tenido un costo más allá de lo tangible. Más allá del metal, el plástico y el silicio.
El costo de la inmediatez. Lo odio.
Tal vez ese es uno de los motivos por los que no nos llamamos frecuentemente. Nos mandamos mensajes casi todos los días, y los memes de Instagram van y vienen con regularidad quid pro quo. Pero una llamada se reserva para los cumpleaños, las felicitaciones fuera de lo común o mensajes que no pueden esperar.
La llamada
Un martes, a las 8:55 a.m., en la central de autobuses de Aguascalientes —medio caída por la lluvia torrencial de la noche previa— con mi hoodie de Bowie y mi backpack de Boba Fett, me invadió La Duda.
Me sorprendió ver su nombre en la pantalla porque justo le estaba mandando un mensaje para decirle que ya me iba a subir al camión.
Cinco horas a la Ciudad de México si todo salía como se esperaba. Unas cuantas horas de acomodo en el hotel, reconocimiento del área y preparación para el concierto. Lo rutinario y útil cuando son salidas exprés como esta.
La semana previa había sido complicada para su familia. Nuestras familias son la prioridad más alta en nuestra escala: familia mata todo.
Nunca necesito decirle “no pasa nada, es juntos o ninguno”, pero en esta ocasión mi mensaje implícito era: me voy a subir al camión y vemos qué pasa.
Siempre soy yo el catastrófico y ansioso de la dupla. Rafa sabe mantenerse cool bajo cualquier situación. Siempre.
La llamada era para decirme que había cambiado el vuelo por tercera ocasión y que, si todo salía bien, tendríamos tiempo suficiente para movernos con calma al evento. Siempre sabe que palabras usar conmigo.
Tiempo.
Calma.
Recuerdos en carretera
Cinco horas de camino dan para mucho. Como suele pasar, mi mente derivó —por aburrimiento— hacia mi propia muerte. No en un sentido mórbido, sino en la idea de ser una conciencia que flota sobre los que me sobreviven, observando sus comportamientos provocados por mi ausencia.
Con poco esfuerzo volví al presente… o más bien al pasado.
En 2005 mi vida dio un giro dramático: después de bastante tenacidad de mi parte, en una tienda de computadoras —no de cadena— en el Valle de Texas, mi papá me compró mi primer iPod.
Creo que el equivalente actual sería regalarle a mi hijo de 22 años un iPhone Ultra Mega Voltron Mazinger Z de esos que cuestan más que una televisión de 85 pulgadas. Sus dudas eran por el precio, y eran perfectamente válidas.
No solo era cuestionable que uno pudiera llenar 60 GB de música, fotos o portadas de discos (aunque para un melómano el arte de un álbum es sagrado), sino que además había que responder a la pregunta: ¿por qué querrías traer toda tu música contigo todo el tiempo?
Pues por eso: para traer toda mi música conmigo, todo el tiempo. Duh.
Para lograrlo necesitabas una computadora, el software, el hardware… y paciencia para pasar tus discos a digital. O, con una cuenta anclada a Estados Unidos, podías comprar canciones o álbumes en la Apple Music Store.
En un intento de mantener buena comunicación conmigo, incluso en mis épocas más áridas, mi papá me propuso compartir compras con mesura: yo tendría música nueva (algo que él sabe que necesito) y él podría monitorear mi consumo.
En ese momento ya mi fiebre nu metal bajaba. Korn era de todos; Deftones seguía siendo solo mío.
Estaba muy metido en Elbow, y gracias a las recomendaciones de la tienda de Apple me topé con Z, el disco de My Morning Jacket de 2005. Fue una de mis primeras compras digitales, con todos sus metadatos y portada listos para el iPod. Un momento canónico.
De 2005 a hoy
Tal vez por eso My Morning Jacket es parte central de mi canon musical. Interpol, Kings of Leon y ellos han estado en rotación por más de 20 años, siempre presentes en las listas de mi vida.
En el Café Iguanas, en el Rose, en el Nirvana… lugares donde nos reuníamos a compartir música. El punto alto de cualquier sábado en el Nirvana era esa canción-hechizo que hacía que todos dejaran de hacer lo que estaban haciendo para cantar:
Wait, they don’t love you like I love you.
Maps.
Nos pasó en el Corona Capital 2023 en Guadalajara. My Morning Jacket tocaba el primer día, por la tarde. El avión se retrasó, pero como siempre, llegó entero: Cool Hand Rafa.
Yo ya tenía todo listo; se cambió los zapatos y nos fuimos a uno de los mejores conciertos de mi vida. Top 3 sin duda. Llegamos justo a tiempo. Había papas fritas increíbles y la ginebra era Bombay.
La salida fue de película de Roland Emmerich: horas caminando en lodo y lluvia, huyendo del lugar. Sobrevivimos… y lo hicimos de nuevo al día siguiente.
Esa experiencia nos llevó al compromiso actual: para bajar las barreras y volverte vulnerable a la música, un compañero de vuelo no solo es necesario, es un privilegio.
Yeah Yeah Yeahs
Ninguno de los dos conocía el Teatro Metropolitan, uno de los recintos que los Yeah Yeah Yeahs eligieron para su gira íntima y acústica. Llegamos justo a tiempo para la mercancía, recoger el póster especial (ya parte del canon) y acomodarnos en los asientos.
Había palomitas y la ginebra era Bombay.
La acústica era magnífica y la banda de Nueva York hizo lo que hacen las bandas que has seguido con el corazón: darte un momento lenitivo, en compañía de un chingo de desconocidos.
Al final éramos otros, pero seguiríamos siendo los mismos. En una de las fotos que Nick Zinner tomó al final, ahí estamos los dos, fila 4, brazos arriba.
14 años ya desde ese primer conciertos juntos.
Siempre brazos arriba.

La duda
La duda de ese martes a las 8:55 a.m. no era por falta de entusiasmo, sino porque sé que el entusiasmo no paga todo. Que ir y venir a la Ciudad de México a un concierto de los Yeahs no es igual a los 22 que a los 42.
Hoy tengo responsabilidades que van más allá de mis hobbies: esposa, hijos, pacientes, compañeros de trabajo, el fisco, American Express.
La duda es válida. Necesaria. Parte del proceso crítico.
Aun así, nuestras esposas y nuestros hijos nos respaldan. Espero que lo vean como una inversión.
Un dia después de La Duda, en la Central de Autobuses del Norte, desayuné tacos al pastor y tomé algunas fotos. Me di cuenta que tenia calma y tiempo.
Me di cuenta que no soy un extraño en las centrales de autobús.