Hasta que nuestros huesos sean cenizas...
“Nada deleita tanto la mente como una amistad leal.”
— Séneca
Mientras la quinceañera se preparaba para bailar con su papá, me puse de pie. No para aplaudir, sino porque empecé a sentirme incómodo sentado, con las piernas inquietas y las manos sudorosas.
Pensé que la ansiedad que me invadía no era visualmente significativa… hasta que sentí la presencia de mi Chingado compadre Mario. Uno de los hombres que mejor me conoce en este planeta. El mejor organizador de eventos del país, tal vez de las Américas.
Su presencia en una habitación es inequívocamente palpable. Es su energía positiva inacabable. Cuando estás cerca de él, piensas que no puede pasarte nada malo. Me brinda una sensación de seguridad y confianza fraternal sin comparación alguna.
Mi chingado compadre.

—Ya te viste en unos años bailando el vals —me dijo en un volumen que solo yo pude escuchar.
—No me hagas esto, cabrón —le respondí, con lágrimas ya en los ojos.
La amistad es una de las cosas que más admiro de los humanos. (No sé si es una cualidad, pero seguro es algo sagrado.)
En mi experiencia humana he tenido la oportunidad —y el privilegio— de desarrollar, mantener y, a veces, cuidar amistades cercanas. También he perdido algunas. Y esas pérdidas me han permitido aprender. Espero que, hasta cierto punto, me hayan convertido en un mejor amigo.
Mientras el vals se desarrollaba y mi mente intentaba distraerse para no implosionar de ternura, mis ojos se posaron sobre un grupo de vatos que estaban igual o más conmovidos que yo, grabando el momento con sus celulares. No podría asegurarlo, pero si tuviera que apostar, diría que estaban haciendo el mejor esfuerzo posible por no llorar de felicidad.

El momento pasó. Fue bello. Luego mi ahijado bailó con la quinceañera y me acordé de los NSYNC.
Baby bye bye bye.
Me tomé otro ron y me tranquilicé conforme pasaron los minutos.
Cuando pude hablar, pregunté quiénes eran los vatos que estaban a punto de llorar. Me enteré de que eran los compañeros de la residencia de Traumatología y Ortopedia del papá de la quinceañera.
Claro, me dije. Los traumas no lloran. O al menos, no tanto como los pediatras.
Al día siguiente, la fiesta continuó en petit comité. Me encontré en una mesa corta, compartiendo mezcales y tacos con el grupo de amigos cercanos del papá de la quinceañera. Contaban historias antiguas: cuando vivían juntos, trabajaban juntos, estudiaban juntos. En casi todas las anécdotas se reían y se burlaban unos de otros. A veces intensa, a veces groseramente.
Escuché con atención. Y cuando tuve la oportunidad, comenté que la experiencia tan intensa de estudiar medicina —y después una especialidad— te brinda múltiples oportunidades para ser vulnerable. En esos momentos, se forjan alianzas que, con el tiempo y algo de mantenimiento, se hacen más fuertes. A veces indestructibles.
El comentario recibió uno o dos gruñidos de aceptación. Después, la comida prosiguió como era de esperarse.
Claro, me dije. Los traumas no piensan en la vulnerabilidad masculina.
O al menos, no tanto como este pediatra.
El primer año de la residencia es el más inhóspito. No importa la especialidad: es el cambio de hábitos, la curva de aprendizaje, el vértigo de estar ahí.
En mi primer año, Juan fue mi compañero de equipo hospitalario. Y en varias ocasiones, compañero de guardia.
Juan tiene un sentido del humor muy interesante, una capacidad de racionalización brillante, una memoria privilegiada, una empatía única y uno de los corazones más grandes que conozco. Todo eso lo convierte en un médico excepcional.
Es un lector voraz y un cinéfilo empedernido. Pocas personas conozco que encarnen el concepto de wanderlust como él.
Siempre he pensado que hace las cosas con cantidades iguales de inocencia y travesura.
Como aquella vez que le avisó a la persona incorrecta que habíamos salido temprano de clases… y de alguna forma, se salió con la suya.
Es una persona de suma importancia en mi vida.
Y nadie, nunca, lo va a querer como yo.

Recientemente tuvimos la oportunidad de pasar unos días juntos, después de muchos años sin vernos. Me permitió comprobar lo que, semanas antes, había dicho en la mesa corta de los traumatólogos:
Una amistad fuerte requiere de periodos de vulnerabilidad compartidos.
Me ha tomado algunos días de introspección saber por qué me sentí tan desbordado en ese vals.
Haber tenido la oportunidad de observar el baile entre dos personas que aprecio muchísimo y que conozco desde hace años, me recordó el momento en que nació mi hija. Su vida, de una manera muy particular, salvó la mía.
Me recordó aquellos años en los que la arrullaba para dormir y le leía por las noches. Aún lo sigo haciendo, cada vez que me es posible.
De los días que caminábamos desde su kínder a casa.
De cómo, cada vez que pasaba por ella, corría a mis brazos.
Aún lo sigue haciendo.
Y cómo, cuando se cansa de caminar, se deja elevar sin esfuerzo (por ahora) hasta mis hombros, y desde ahí observa el mundo.
Tienes que ser un papá profundamente enamorado de sus hijos para reconocer, en esos gestos, algunos de los motivos más poderosos de nuestra existencia como hombres y como padres.
Del poder de nuestra presencia.
De otorgarles amor, cariño y seguridad.
Tal vez esa sea una de las razones más importantes para persistir en la experiencia de la vida humana.
El mensaje es amor.
La observación del vals me inundó con la nostalgia inevitable del paso del tiempo.
Y eso, en parte, es uno de los símbolos de la fiesta de 15 años de una mujer: un rito de transformación, un cruce de umbral.
Existe la posibilidad de que Catalina quiera celebrar su cumpleaños número 15 con una fiesta. En casa no es una tradición sagrada, pero presiento que tenemos el potencial de armar una fiesta espectacular. Me conozco. Y sé que la ansiedad que un evento tan lejano pudiera producir en mí... es el mismo deseo de que suceda.
Y cuando ese día llegue, bailaremos Catalina y yo bajo las luces,y mi chingado compadre me dirá —en un volumen que solo yo escucharé—:
—Ya te viste hace años en este vals.
Y entonces, sí. Lloraré feamente. Como los pediatras. Como los humanos.
Y además… sería una excelente anécdota.
La vez que Robie lloró feamente en los 15 años de su hija, y sus amigos estuvieron ahí para registrarlo.
Como lo han hecho —y seguirán haciendo— hasta el día en que nuestros huesos sean cenizas.
Por eso escribo estas palabras. Porque me ayudan a entenderme mejor. Y porque tal vez, alguien más está leyendo esto… y agradeciendo que no está solo. —
Hay días en los que ser pediatra me salva. Hay noches en las que ser esposo y padre me sostiene. Gracias por leer.
R.