La venganza del Joker...
“Todo adulto fue niño alguna vez... pero pocos lo recuerdan.”
— Antoine de Saint-Exupéry
En los comienzos de mi vida le tuve pavor a dos cosas muy específicas: los payasos y las montañas rusas. Tras una búsqueda exhaustiva en mi memoria, logré rastrear el origen de ambos temores hasta una visita a una feria en el Valle de Texas. Probablemente tenía unos seis años. Es una de esas memorias llenas de niebla mental. Mi esposa dice que nunca voy a ser un escritor realista, y tiene razon, ni realista, ni escritor, así que puede que algunas cosas no sean exactas. Pero, ¿qué es real?
Recuerdo la sensación del miedo desde que llegamos al evento. Los ruidos intensos nunca han sido de mi predilección (a menos que se trate de un muro de sonido). El olor a grasa de máquina, a palomitas quemadas, a algodón de azúcar... y a gente sudada. Recuerdo sentirme nervioso, a la defensiva, vigilante.
Mi madre solía contar una historia sobre el origen de mi coulrofobia. Cuando mi hermana era una bebé de brazos y aún vivíamos en el centro de Monterrey, a dos cuadras del Pollo Loco de Pino Suárez y justo frente a los consultorios de mi tío abuelo Sergio, ella me llevaba caminando al kínder, cerca de la Alameda. Una mañana se desvió del camino: un desfile circense pasaba por las calles cercanas. Lo que para ella fue una sorpresa divertida, para mí fue el inicio de muchas pesadillas.
Recuerdo un payaso de los de la vieja escuela: poco pelo naranja, cara completamente blanca, nariz roja gigantesca, sonrisa escalofriante. Vestido de manera ridículamente llamativa, con movimientos torpes e inquietantes. Uno se me acercó para saludarme y no recuerdo más. Mamá decía que nunca me había visto tan asustado. Lloraba y pataleaba desesperado para que me alejara de ahí. Fue tal el drama que ese día ni siquiera llegamos al kínder.
Esa historia volvió a salir años más tarde, cuando vi por accidente la miniserie de It, de Stephen King, en la televisión gringa que nos llegaba en la frontera. Oh, Pennywise… qué relación tan torpe y torcida la nuestra. Mi mamá siempre culpó a Pennywise de mi coulrofobia. Pero yo sé que fue aquel maldito payaso del centro de Monterrey el verdadero responsable.
Me tomó años superarlo, pero lo logré. Hoy, a mis casi 42, puedo controlar mi ansiedad si estoy cerca de un payaso… aunque me distraigo.
En aquella feria del Valle de Texas (probablemente en Mission), con payasos circulando y mi ansiedad a punto de explotar, a mi padre —el hombre más inteligente, consciente, amoroso y hermoso que conozco— se le ocurrió subirme a todos los juegos mecánicos que pudo. Mis súplicas de irnos, de esconderme, o de quedarme en el coche fueron negadas. ¿Cómo iban a darme miedo los payasos y los juegos? Y si los tenía, la única solución era enfrentarme a ellos. Mi padre y sus terapias de exposición.
Entre los ocho y once años conocí los parques de atracciones texanos que no eran ferias, pero seguían siendo Texanos: Fiesta Texas en San Antonio y Astroworld en Houston. Viajábamos en coche con mi hermana Claudia, nuestros primos Josué, Sara María y Sofía, y mis tíos Chema y Marcela. Los De Luna Morales llegaban desde San Luis a nuestra casa en Reynosa. Los niños hacíamos desmadre, las señoras platicaban y los señores se actualizaban.
Íbamos a Whataburger. Insistíamos como wercos tercos en que nos compraran los Nike con cámara de aire solo para pincharlas y ver si era cierto. Visitábamos esos centros comerciales gigantescos que los texanos inventaron en los 90. Todos esos viajes siguen siendo una fuente infinita de anécdotas compartidas.
En esos parques, pude sentir lo que ahora sé que siente mi hijo cuando no se quiere subir a una montaña rusa: miedo. Puedo verlo tensarse al oír el rugido del metal, esforzarse por ser valiente… y no lograrlo. Veo en él esa disonancia cognitiva: sabe que las montañas rusas son seguras, que las catástrofes son raras, que el rush de adrenalina al final se siente genial. Pero el miedo lo paraliza, y ningún argumento racional puede convencerlo en ese momento emocional.
Lo sé, hijo. Lo sé.
Este año, mi hijo Roberto Julián tuvo la oportunidad de hacer un viaje internacional con su escuela. Visitaron instalaciones para practicar inglés, aprender de ciencia y explorar la independencia. Una de las actividades incluía un túnel de viento. Ese fue su reto. Lo intentó, pero supimos por él y sus maestros que fue un esfuerzo intenso y frustrante. Sorprendió a sus maestros. A mí, no.
Tiempo después, en un día cualquiera, me preguntó algo que me dejó helado:
—Papá, ¿qué tiene que ver ser gay con tener miedo a los juegos extremos?
Durante el viaje, alguien le había dicho, tras no querer repetir la actividad del túnel de viento: “Eres un joto maricón.” Palabras que no existen en el repertorio de insultos que usamos en casa.
Me quedé callado un segundo. Entonces él añadió: —Ya sé que esas son palabras para insultar según tu orientación sexual. Pero… ¿por qué se usan así?
Lo conversamos. Lo diseccionamos. Concluimos que se trata de una actitud aprendida, sin comprensión real de lo que significa. Que la orientación sexual no tiene nada que ver con el valor de subirse a una montaña rusa.
Y esa conversación me hizo recordar el día en que, sin saberlo, superé mis propios miedos.
Fue en mi viaje de graduación de primaria. El parque de diversiones tenía una nueva atracción: The Joker’s Revenge, una montaña rusa tubular que avanzaba… ¡en reversa! Mientras esperábamos, entrábamos al dominio del Joker: mitad locura circense, mitad pesadilla psicótica. Solo escuchar ese sonido de los carros saliendo me generó sudoración axilar.
Mi padre, mi tío Chema y Josué habían intentado todo para convencerme: fuerza, burla, coacción. Nada funcionaba del todo. Lo que yo necesitaba no era presión, sino empatía. Y esa llegó… con ojos azules que a veces parecen verdes. Se llamaba Cynthia.
Habíamos estado en la misma escuela, pero en grupos distintos. Nos conocíamos poco. Hasta ese último año, cuando nos juntaron. Cynthia era una niña que pensaba con el corazón. En una clase de inglés, estudiando sobre Johnny Appleseed, el material mostraba a un niño cachetón. Así me decía ella, con cariño, mientras me apretaba las mejillas. Nos dedicábamos canciones en la radio. Nos llamábamos por las tardes. En la kermés escolar nos metieron a la cárcel… y nos casaron. Pero nunca nos habíamos tomado de la mano. Hasta ese día.
Creo que vio el miedo en mi rostro. Se acercó, me tomó de la mano y me dijo que fuéramos juntos.
—Tengo miedo —le dije.
—Yo también —me respondió.
Y fuimos.
Recuerdo cómo en la fila tratábamos de ocultar nuestras manos sudadas. Su cabello olía delicioso. En la casa de espejos me desorienté tanto que ella se acercó y me dio un beso en la mejilla.
—Ya casi estamos del otro lado —me susurró.
Nos subimos. Me divertí como nunca. Repetimos varias veces. No nos separamos en todo el día. En el camión de regreso hicimos trampa para irnos juntos. Se quedó dormida con la cabeza en mi hombro, su mano en la mía. Y yo, inmóvil, feliz.
Después vino la secundaria, otros intereses, otros caminos. Nos reencontramos en la universidad, pero ya éramos personas distintas. Aun así, un pedazo de mi mente y mi corazón siempre la recordará.
Desde ese momento, nunca más he rechazado una montaña rusa. Mientras más intensa, mejor. Primera fila. Sin miedo. Flojito y cooperando.
Por eso trato de hacer las cosas distinto con mi hijo. Ser paciente. Enseñar con el ejemplo. No ridiculizar, no forzar. Enseñarle que el valor no viene de no sentir miedo. Que el miedo… es esencial.
No sé si en su futuro existe alguien de ojos azules que a veces parezcan verdes y que lo tome de la mano con empatía. Pero espero que sí.
Espero que si sucede, me lo cuente.
Espero poderle compartir esta historia.
Pero por ahora, tengo que esperar un poco más.
A veces, ser papá es eso: esperar.
A veces, la mejor estrategia… no es la más obvia.
Por eso escribo estas palabras. Porque me ayudan a entenderme mejor. Y porque tal vez, alguien más está leyendo esto… y agradeciendo que no está solo.
— Hay días en los que ser pediatra me salva. Hay noches en las que ser esposo y padre me sostiene. Gracias por leer.
R.