Los navíos corren riesgo de hundimiento.

Los navíos corren riesgo de hundimiento.

“El error es el precio de estar vivo.”

Héctor Abad Faciolince

Trabajar en una institución gubernamental nunca estuvo en el plan maestro de mi vida.
No lo digo con desprecio, simplemente, en mi juventud —más ayer que hoy— el uso libre de mi tiempo era prioridad.
Tontamente pensé que, en las amplias praderas de la medicina privada, iba a encontrar la libertad que tanto anhelaba. Ingenuo soy a veces.

Recién egresado, enamorado, con ganas de trabajar y sin capital, emigré de la cuna de mi nacimiento y me embarqué en la aventura más grande de mi vida hasta entonces.

Los primeros años los pasé generando consulta poco a poco, atendiendo nacimientos de forma privada, trabajando un turno institucional vespertino (el más incompatible con la medicina privada), y desvelándome tres noches por semana en urgencias pediátricas de un hospital privado de la comunidad.
Rápidamente aprendí que el mundo profesional de la medicina es competitivo, celoso y agotador.

Una de las grandes desventajas del médico institucional moderno son las pobres prestaciones laborales: sueldos bajos, vacaciones escasas, y la nula capacidad de ahorro para el retiro.
Las pensiones que hacían de la jubilación algo digno en México ya no existen.

A los dos años y medio de haber entrado a la institución, por un motivo que ya no recuerdo con tanta claridad, hice un berrinche monumental que terminó en mi renuncia.
Los cinco años siguientes los dediqué por completo a la medicina privada.

Fueron años de bonanza que, con la ventaja de la retrospectiva, pude haber aprovechado mejor. Tal vez no debí cerrar tantas puertas y ventanas. Tal vez pude haber sido más maduro. Tal vez.

El tiempo pasó.
Mi esposa tomó cada oportunidad que se le presentó y su negocio creció.
Mis hijos nacieron. Mis perros envejecieron. La vida fue buena.

Y entonces… sucedió el COVID-19.

He sentido miedo en mi vida.
Crecí siendo un niño temeroso y ansioso. Aún lo soy.
Pero no recuerdo haber experimentado ese tipo de miedo.

El miedo de salir de mi casa rumbo al trabajo, cubierto con lentes de protección, careta de soldador y los infames cubrebocas KN95 que escasearon en los primeros días de la crisis.
El miedo de no saber si podría sobrevivir un contagio.
El miedo de salir… y tal vez no regresar.

El miedo era exponencial, porque mi esposa también se dedica a la salud.
Podía enfermar ella. Podíamos enfermar los dos.
O peor aún, podían enfermar nuestros hijos por nuestro contacto.

Fueron días difíciles.
Pero, como todo, pasaron.

La ciencia salió al quite y, en tiempo récord, se desarrolló una vacuna.
A pesar de los errores iniciales y la desigualdad en su distribución, se aplicó en todas sus dosis.
Hoy es un recuerdo más en nuestra memoria colectiva.

Mi familia no sufrió físicamente sin embargo el trabajo se redujo drásticamente.
Volví a los números del inicio de mi carrera. Aguanté todo lo que pude.
Pero diez meses después del inicio de la pandemia, tomé una decisión:
regresar a la institución a pedir trabajo.

Ha sido una de las lecciones en humildad más importantes de mi vida.

Me abrieron nuevamente las puertas del hospital, ahora en el turno nocturno.
Desde entonces —hace ya casi cinco años— me convertí de nuevo en un médico institucional.

Ya no soy el hombre que era antes.
Con gratitud, acepto el privilegio de llevar mi mente y mis manos al lugar donde nace el mayor número de bebés en el estado de Aguascalientes.

Ahí hago una de las cosas que más disfruto en mi carrera:
observar cuidadosamente el milagro del inicio de la vida humana,
y buscar oportunidades para intervenir cuando los nacimientos se desvían del camino.

Pocas cosas me traen mayor satisfacción.
Pero el costo es alto.

No descansar por las noches…
es incompatible con el funcionamiento humano.

Si he seguido trabajando a este ritmo, no es solamente porque puedo física, emocional y mentalmente.
Es porque mi esposa y mis hijos son igual de fuertes.
Sin su apoyo, me sería imposible.

Porque —eso sí— algo que sí estaba en el plan maestro de mi vida…
era la posibilidad de ser padre.
Y si esa posibilidad se concretaba, mi deseo era, mi deseo es, poder ser parte de la rutina de sueño de mis hijos.

Cuando eran bebés de brazos, mi esposa los alimentaba y yo los cambiaba, los mecía hasta que sentía la respiración rítmica y liviana de un bebé dormido.
Les cantaba el White Album de los Beatles.
Les leía todo lo que me fuera posible leerles.

Hoy, después de años de adaptarnos, nuestra rutina está bien definida.
A Julián, que ya tiene 10 años, y a Cata, que tiene 7, todavía les gusta que les lea antes de dormir.

Ese primer año tras mi regreso al hospital fue especialmente duro.
Cuando me iba a trabajar, se quedaban llorando.
Y muchas, muchas veces…
yo también me fui al hospital llorando.

Me es importante decirlo: el ser humano se adapta a todo.
Y mis hijos también lo hicieron.

Hoy comprenden que el trabajo de su papá es en el hospital.
Y que algunos bebés se benefician de mi presencia cercana.

Pago por ver qué opinan de mi trabajo cuando sean mayores.

Sería una mentira decir que todas mis guardias requieren de mí física o mentalmente.
Algunas más, algunas menos.

Pero cuando hay movimiento en el hospital...
Cuando tengo que moverme rápido y tomar decisiones de vida o muerte en cuestión de minutos...
Cuando, sin importar qué tan bien se haya realizado la reanimación —de acuerdo a algoritmos brillantemente precisos—,
sin importar la habilidad, la experiencia o el deseo profundo de que el paciente salga adelante…
no lo hace.
Y un recién nacido muere.
Entonces sufro un proceso de desvitalización que se traduce como cansancio.

Y ese tipo de cansancio me vuelve irritable, rígido,
y, simplemente, una persona no tan agradable para andar alrededor de.

Estoy intentando manejarlo mejor.
Uso lo que sé de psicología (que no es poco).
Practico meditación, yoga, ejercicio.
Aplico estrategias de mindfulness.

Y aun así…
a veces fallo.
Fallo en mi control emocional.

Mi hija Catalina —la luz de mis ojos— sufre del mismo problema.
Y con menos años, menos herramientas.

A veces se emberrincha intensamente.
Y cuando su tormenta emocional se encuentra con la mía…
los navíos corren riesgo de hundimiento.

Le admiro tanto su temperamento.
Su comportamiento es difícilmente coercible.
Cuando tiene dudas, pregunta.
Cuando tiene que quejarse, se queja.
Cuando tiene que defenderse, se defiende.

Tengo que prever que no siempre estaré cerca para protegerla.
Y la vida de la mujer moderna está llena de peligros.
Así que veo estos berrinches por lo que son:
una parte normal de su desarrollo.

Pero por Jove… qué difícil es sobrellevarlos a veces.
Especialmente cuando me siento desvitalizado.

He aprendido de mis errores.
Y si los sigo cometiendo, es porque no he aprendido lo suficiente.
Puedo verlo con claridad la mayor parte del tiempo.

Y me repito —me lo repito ad nauseum:

El adulto eres tú, Roberto.
No provoques que tus hijos sientan temor hacia ti.
Respira.
Y cuando hayas respirado un montón… respira aún más.

Ojalá pudiera ser un único y hermoso copo de nieve.
Pero sé que soy más común de lo que me gustaría.

Hombres como yo —que han tratado de llevar sus vidas personales y profesionales con el mismo objetivo en mente: ser felices y dejar este planeta no tan peor como lo encontramos— somos abundantes.

Los veo a diario.
En las filas de la escuela, en el hospital, en mi consulta.
Hablo con ellos todos los días.
O, en su defecto, les mando un reel gracioso por Instagram.

Por eso escribo estas palabras.
Porque me ayudan a entenderme mejor.
Y porque tal vez, alguien más está leyendo esto…
y agradeciendo que no está solo.


Hay días en los que ser pediatra me salva.
Hay noches en las que ser esposo y padre me sostiene.
Gracias por leer.

Dr. R.