Una puerta a la felicidad.
“You keep dancing with the devil... one day he's gonna follow you home.”
— Ryan Coogler
Al comenzar la película, una voz en off te cuenta que existen humanos con la habilidad de crear música que atraviesa el velo de la vida y la muerte. Esta música puede curar y acercar a la gente, pero también atrae la maldad. Estos humanos místicos se presentan en múltiples culturas y tienen muchos nombres, pero la historia que estaba a punto de ver tomaba lugar en el Misisipi de 1932.
La primera secuencia (filmada en formato IMAX para mayor efecto) sigue a Sammie al llegar a la iglesia que su padre dirige. Lo observas bajar del coche con la cabeza y el cuello de una guitarra. No sabes dónde está el cuerpo de la guitarra, aún no. Abre las puertas de la iglesia y la congregación se sorprende. Su padre lo llama y, en un abrazo intenso, Sammie empieza a llorar. El ministro le dice que su trabajo es ser pescador de hombres que pecan, que la música lo ha llevado por el camino del pecado, pero que puede redimirse. Solo tiene que soltar la guitarra.
—Suelta la guitarra, Sammie —le ordena el ministro—. Suéltala.
En los tres minutos con cuarenta segundos que llevaba la película, entendí que estaba a punto de embarcarme en uno de mis viajes obsesivos.
No es la primera vez que me sucede.
En 2009, durante la pandemia de influenza, yo era residente de primer año de pediatría. Lo recuerdo claramente. Era un viernes. Llegué a casa más agotado de lo normal. No tenía apetito y todo me empezó a doler. Mi cerebro es especialmente sensible a la fiebre y, cuando enfermo de manera moderada y tengo una crisis febril, sufro de alucinaciones ligeras y sueños sumamente vívidos. Pasé una noche terrible, sudando y alucinando, y cuando desperté el sábado, en lo único que podía pensar era en el sueño febril que había tenido esa noche:
Comprar una guitarra.
Era el destino llamándome.
Era el momento.
Era influenza.
Salí aún enfermo ese sábado al mediodía y me dirigí a la única tienda de música que conocía. Haciendo uno de los gastos más inmaduros de mi vida, me hice de Loretta.
Mi primera guitarra.
Dieciséis años después de ese sueño, no sé tocar más que secuencias de acordes de principiante y Wish You Were Here de Pink Floyd en modalidad principiante. A Loretta la tengo colgada al lado de mi cama. Ha vivido en mi consultorio y se ha mudado conmigo de casa, de departamento, de estado. Se convirtió en una parte importante de mi identidad, no por mis inexistentes habilidades para tocarla, sino por mi amor profundo por la música.
Me ha resultado difícil comenzar a escribir sobre mi madre. Tal vez porque, al llegar a cierta edad, uno se da cuenta de que recordar también es elegir —y que esas elecciones revelan tanto como ocultan. Al revisar mis notas, noté un patrón claro: recurro a escenas que me reconfortan, que hablan bien de ella y de mí. Pero en esa insistencia por lo luminoso, tal vez estoy evitando lo complejo. He decidido mirar más de cerca, aunque duela.

Uno de sus hobbies era el cine. No en la manera nerd de acumulación de datos o análisis profundos acerca de motivos o encuadres. A ella le gustaban las historias. Su película favorita era Somewhere in Time, o como ella la conocía: Pídele al tiempo que vuelva. Una historia de amor entre un escritor de obras teatrales y una actriz, que en el centro tiene el viaje en el tiempo como vehículo narrativo. Cuenta con una banda sonora hermosa. Una película adelantada a su tiempo.
Ese tipo de historias confusas me recordó su caótica manera de leer. En su mesa de noche encontrabas una distribución equitativa de autores como Dan Brown, Ángeles Mastretta, el Gabo, Laura Restrepo, Dickens, Isabel Allende, Paulo, Deepak y el Papa. Sin discriminación alguna, leía lo que le interesaba y estaba en la búsqueda constante de historias bien contadas con palabras.
En una realidad alternativa donde ella no muere en un accidente automovilístico catastrófico, el cincuenta por ciento de nuestra lectura es compartida. Los dos estamos en los mismos clubes de lectura y nuestro viaje anual es ir a Guadalajara a la FIL. Buscar obsesivamente a Carlos Velázquez y a Alma Delia Murillo para que nos firmen los libros, y después tomar unas margaritas para seguir platicando de lo hábil que es Agatha Christie para llevar el misterio y el suspenso.
Pero esa no es la realidad que mi mente tiene la capacidad de entender. Lo mejor que puedo hacer es tratar de imitar su caótica manera de leer, superarla de ser posible.
Cuando era niño y una parte de mis vacaciones de verano las pasaba en casa de mis abuelos maternos, sus hermanas me llevaban mucho al cine. Ellas también eran fans. ¿Tal vez lo habíamos aprendido de mi madre?
Lo que recuerdo es que era parte de un trato con mis abuelos: mis tías podían salir con el novio en cuestión al cine, siempre y cuando me llevaran. Tal vez la perspectiva de mis abuelos era que mi interés iba a ser vigilar que mis tías no estuvieran compartiendo besos y caricias con el novio. Que me iba a aburrir en el cine. Que ¿Quién engañó a Roger Rabbit? no se iba a convertir en un evento canónico en mi vida. Que un faje en el cine no iba a ser, en mi mente, una de las ideas menos recurrentes, y que incluso una vez iba a terminar una relación de noviazgo con una guapísima chica que, al salir de The Matrix, me dijo que era la peor película que había visto en su vida.
Somos nuestras elecciones.
Uno de los clichés que más amo de mi familia es la noche de películas de sábado. Ya estamos en el nivel de dificultad que permite atención con pocas búsquedas de distracción, siempre y cuando la temática sea adecuada. Hace algunos sábados, sugerí ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y fue interesante sentir la reacción de mis hijos y mi esposa mientras la veían por primera vez. Recordé la noche en que yo la vi por primera vez en el cine. No pude dormir pensando en cómo habían unido las caricaturas con las actuaciones reales. Era una era predigital en la que ese tipo de efectos especiales eran revolucionarios. Lleno de dudas, llegué a casa de mis abuelos buscando a mi papá, quien, con su conocimiento de fotografía y sin haber visto la película, me dio la respuesta más razonable que pudo: me explicó el concepto de la doble exposición. Eso al menos calmó mi mente de manera momentánea. Luego supe que el truco no era uno solo, sino una coreografía compleja de animación tradicional, marionetas físicas, cámaras sincronizadas y obsesión artesanal. Lo importante no era el cómo, sino que durante hora y media yo había creído que Roger era real.
En nuestra casa, los sábados al terminar la película, a manera de análisis, nos preguntamos unos a otros cuál fue nuestra parte favorita. Hemos aprendido a escucharnos y a comentar sin generar tanto conflicto que involucre apreciación personal como tema.
La mayor parte de las veces.
Mis hijos han crecido viendo la revolución de la era digital en el cine, y el nivel de detalle de algunas secuencias de la película —que involucran comedia física con música y animación— les pareció poca cosa. Mi esposa aplicó una de sus frases icónicas:
—No la repetiría.
Lo entiendo.
No es para todos.
Pero vi la oportunidad de indagar más. En un momento atorados en el tráfico camino a la clase de natación de Julián, le conté mi anécdota de esa noche sin poder dormir, pensando en si Roger Rabbit era real o no. Con su característico tono me aplicó una de esas frases que ha escuchado en casa:
—Ay, papá… ¿qué es real?

Busqué la oportunidad de ir al cine a ver la nueva película de Ryan Coogler: Pecadores. En estos momentos se encuentra disponible en formato casero, y la he vuelto a ver dos veces más. La he recomendado discretamente y he platicado de ella con quien se deje. He leído varios artículos sobre el director, la producción de la película, he visto las escenas eliminadas y todo el material extra que está disponible en el formato digital. Es una producción tan relevante que documentaron todo. Me encanta.
Algunas cosas me llaman la atención.
Ryan Coogler pasó de dirigir películas basadas en franquicias que se volvieron sumamente exitosas a este proyecto que él refiere como su película más personal. Mientras estudiaba cine conoció a la mayor parte de su equipo de producción, incluyendo a Ludwig Göransson, que en mi humilde opinión es uno de los mejores compositores de música para cine en la actualidad. Le ayuda un montón que reclutó a nadie menos que Jerry Cantrell (guitarrista de Alice in Chains) para algunas de las secuencias de guitarra. Ludwig tiene una historia también muy personal con el blues —aunque es de Suecia, el vato siente el blues, y eso lo puedo entender.
La esposa de Coogler es su socia de trabajo y la que da luz verde a los gastos (no me sorprende: es sumamente importante que tu pareja esté a bordo de los proyectos de tu vida). Los actores de la película han estado en todas sus producciones, y Michael B. Jordan está en el punto más alto de su carrera, protagonizando no uno sino los dos personajes centrales de Pecadores. La fotografía, el diseño de producción y el diseño de audio del filme son extraordinarios. Y aunque el tema o la narrativa no sean de tu agrado, es todo un placer sensorial verla.
La investigación me ha llevado a confirmar lo que he aprendido a través de mi experiencia como humano: si tienes la oportunidad de crear relaciones en las que puedes sentirte seguro siendo vulnerable para generar tu arte, tienes en tus manos una de las llaves de la felicidad.
El truco es encontrar la puerta que se abre con esa llave.
En mi perspectiva, una película que entretiene, que está diseñada con amor al craft que es el cine, que te deja pensando, que te recuerda a tu familia, que te confirma que nunca debes soltar la guitarra y que tiene vampiros… esa es una puerta a la felicidad.
No pasa un día en que no recuerde a mi madre: sus manos, su voz, su cabello. También estoy, actualmente, más dispuesto a recordar y analizar su manera tan tradicional de criarme. Algunas de las características que me definen como persona, a mis ya casi 42 años, son rebeliones que tuve frente a ella. Nunca supo que me hice un tatuaje en mi cumpleaños número 25. Nunca pudo saber de los tatuajes que siguieron. Como decia el personaje de Henry Winkler en The Waterboy: what mama don't know won't hurt her. La verdad se encuentra oculta en el trabajo de Adam Sandler.
En mi vida, mi madre fue la persona que, tratando de cuidarme y protegerme, pudo haberme dicho que soltara la guitarra:
—Suéltala, Robie.
—Aléjate del camino del pecado.
—Suéltala.
No lo haría.
No lo hice.
Y no lo voy a hacer.
Es la sangre potosina que corre por mis venas la que me hace aferrarme a lo que me gusta.
Es la sangre de mi madre.
El final de Pecadores cerró con una nota que aún vibra en mí. Una nota que me recordó que hay dolores que no se superan, solo se armonizan. Que lo que duele también moldea. Que elegir seguir tocando, aun desafinando, es también una forma de fe.
Somos nuestras elecciones. Y yo elegí no soltar a Loretta.
—
Hay días en los que ser pediatra me salva.
Hay noches en las que ser esposo y padre me sostiene.
Gracias por leer.
R.